El Valle de la luna
El Valle de la luna Sus labios permanecieron fuertemente apretados. Guardó silencio. Sus mejillas comenzaron a encarnarse levemente.
—¡Uff, como si fuese tan difÃcil saberlo! En el GermanÃa Hall, por supuesto. Bueno, estaré allà y volveré a casa contigo ¿entiendes? Y serÃa mejor que le advirtieras a ése que anda contigo que se deje de embromar, si es que tú no deseas verle la cara deshecha.
Saxon se sintió injuriada en su orgullo más profundo, y tuvo deseos de gritar el nombre y la fuerza de aquél que recientemente se habÃa convertido en su protector. Pero se sintió temerosa, porque ése que tenÃa delante era un hombre formado mientras que Billy sólo era un muchacho. Al menos asà la impresionaba. Recordó la primera sensación que habÃa recibido de sus manos, y rápidamente se fijó en las del hombre que estaba a su lado. Eran casi el doble de las de Billy, y el vello que las cubrÃa gritaba la fuerza que debÃan poseer. No. Billy no podrÃa pelear con semejante bruto. Y tampoco debÃa hacerlo. Pero de pronto Saxon sintió una esperanza débil y perversa: quizá por alguna habilidad misteriosa e inconcebible en el arte de pelear, Billy podrÃa azotar a ese toro bruto y librarla de esa molestia. Pero al mirarlo nuevamente volvió a dudar, ya que sus ojos se fijaron en las amplias espaldas del herrero, en la tela de las mangas, arrugada por los músculos de los bÃceps.