El Valle de la luna

El Valle de la luna

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—¡Oh, eres tú! —saludó gruñendo—. Simplemente, no pude mantener las cosas calientes. ¡Qué día! Casi me muero de calor. El pequeño Henry se cortó un labio terriblemente. El doctor le dio cuatro puntadas.

Se acercó más aún y permaneció rígida e imponente junto a la mesa.

—¿Qué pasa con los porotos? —le dijo severamente.

—Nada, sólo que… —Saxon ahogó un suspiro y evitó de esa manera el estallido que se avecinaba—. Sucede que no tengo apetito.

Con resolución probó apenas un sorbo de té frío. Parecía ácido por el tiempo que ya llevaba preparado. Lo tragó rápidamente, bebiendo el resto de la taza ante la mirada de su cuñada. Se secó los labios con un pañuelo y se puso de pie.

—Me parece que me voy a la cama.

—Me asombra que no concurras a un baile —se mofó Sara—. Resulta cómico que todas las noches regreses muerta de cansancio, y sin embargo siempre puedes bailar hasta horas increíbles.

Saxon quiso responderle en seguida. Apretó los labios pero no se pudo contener y, perdiendo el dominio de sí misma, estalló:

—¿Nunca fuiste joven?


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