El Valle de la luna
El Valle de la luna Trató de afirmarse ante esa situación. El perdón se infiltró en su alma y se sintió aliviada, hasta que supo que en el amor más verdadero y alto el perdón tampoco debía inmiscuirse. Y nuevamente lloró presa de aquel combate que se libraba en su alma. Porque después de todo había una cosa que era muy cierta para ella: «este Billy no era el que ella había amado», era otro hombre, un individuo enfermo, y debía ser considerado tan responsable como alguien preso de una fiebre, de un delirio enloquecedor. Debía, por lo tanto, convertirse en su enfermera, sin ninguna vanidad ni desdén y sin nada que perdonar. Además, en verdad era el que cargaba con la parte más agobiadora de la lucha porque estaba en el centro de ella, anonadado por las series sucesivas de golpes que recibía. Si realmente había alguna culpa, ésta se encontraba en otra parte, en otro lugar, confundida con la maraña de los acontecimientos que hacían que los hombres riñesen por los puestos, de la misma manera que los perros por sus huesos.