El Valle de la luna
El Valle de la luna Saxon creyó que perdía todas las esperanzas. Estaba a punto de creer inevitable la tragedia que su fantasía enferma le pintaba de mil maneras diversas. Muy frecuentemente se le había ocurrido pensar que Billy era traído hasta su casa sobre una camilla. A veces se imaginaba que la llamaban del almacén de la esquina: era una comunicación telefónica, entonces escuchaba distintamente una voz de hombre que le decía que su marido estaba muerto en el hospital o en la morgue. Y cuando se produjeron los misteriosos envenenamientos de caballos y la residencia de uno de los dueños de carros fue semidestrozada por la dinamita, ya imaginaba que Billy estaba en prisión, que usaba el traje a rayas, o que ascendía al cadalso de San Quintín y, al mismo tiempo, veía su casita de la calle Pine asediada por reporteros y fotógrafos.