El Valle de la luna
El Valle de la luna —Oh, es muy fácil de entender. Al viejo cascote le gusta su plantÃo pero lleno de moho…, y es evidente, tan evidente como la nariz en tu cara, que no comprende nada de nada. Y fÃjate en los caballos que tiene…, y hasta serÃa un acto de caridad y le ahorrarÃa dinero, si se los sacara de aquà para meterles unos tiros de gracia. PodrÃas apostar con seguridad a que no verÃas a los portugueses con caballos como éstos. Y no es cosa de amor propio, ni de dejar de ver la realidad, eso de tener buenos caballos. Es algo que conviene de cualquier manera porque compensa. Asà es la cosa. Cuesta más mantener en buenas condiciones a los caballos viejos que a los jóvenes, y además no pueden hacer el mismo trabajo, pero en cambio cuesta lo mismo herrarlos a los dos. Y por encima de todo está el rasqueteo. Cada minuto en la manutención de esos caballos se está perdiendo dinero. DeberÃas ver cómo se trabaja y se sacan las cuentas con los caballos de la ciudad.
Durmieron mucho y después de desayunarse temprano se dispusieron a partir.
—Me gustarÃa que trabajasen un par de dÃas aquà —se lamentó el anciano cuando se despedÃan—, pero no se me ocurre en que. El campo apenas si da para mà y para la vieja, ahora que los muchachos se fueron. Aunque esto no sucede siempre, parece que los tiempos malos durarán mucho. Nunca sucedió lo mismo desde Grover Cleveland.