El Valle de la luna

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Billy le siguió con una mirada llena de admiración.

—Realmente, este muchacho tiene pasta —murmuró—. Es famoso. Una vez le vi fotografiado en los diarios. Le vi mil veces. Y no parece engreído. Me habló simplemente de hombre a hombre. Nuevamente comienzo a tener fe en la gente de la vieja raza.

Volvieron las espaldas al mar, y en una pequeña calle del pueblo compraron carne, verduras y media docena de huevos. Billy casi tuvo que arrastrar a Saxon, que se quedó ensimismada frente al escaparate de un negocio que exhibía perlas resplandecientes.

—Por aquí, en esta costa, hay muchas perlas —le aseguró Billy—, y tendrás las que quieras. Se encuentran dentro de las conchas que la marejada deja en la playa.

—Mi padre tenía un juego de gemelos adornados con perlas —dijo Saxon—. Y estaban incrustadas en un oro puro y pálido. No me acordaba de esto desde hacía mucho tiempo, y no sé quién los tendrá ahora.

Se volvieron hacia el sur. Entre los pinos se veían casitas bonitas y muy singulares habitadas por artistas, y se sorprendieron cuando se encontraron frente a un edificio raro, en el lugar en que el camino descendía hacia el río Carmel.


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