El Valle de la luna
El Valle de la luna Oculta del mar por los cerros bajos, olvidada por los seres humanos en calidad de habitación y albergue, la iglesia de barro cocido, paja y greda rocosa permanecía erguida, como si le faltara aliento, en medio de las ruinas de adobe que en un tiempo habían alojado a miles de devotos. Saxon y Billy sintieron profundamente el espíritu del lugar, y avanzaron muy despacio, hablando en voz baja, casi temerosos de cruzar el portal que estaba abierto. No había sacerdotes ni fieles, aunque descubrieron que había sido utilizada por alguna congregación religiosa, que según Billy debía ser reducida a juzgar por el número de bancos que vieron. Luego subieron al campanario, agrietado por el reciente terremoto, y vieron las vigas cortadas a mano, descubriendo en la galería la pura calidad de sus voces. Saxon, temblando ante la temeridad de que hacía gala, cantó suavemente los primeros versos de «Jesús, amante de mi alma», y deleitada por los resultados que obtuviera, se inclinó sobre la balaustrada y fue aumentando gradualmente su voz hasta entonar con todo su volumen:
«Jesús, amante de mi alma.
Permite que acuda a tu pecho,
mientras circulan las aguas cercanas
y sigue rugiendo la tempestad.
Ocúltame, ¡oh, mi Salvador!, ocúltame
hasta que la tormenta de la vida pase;
guíame firmemente hacia el cielo