El Valle de la luna

El Valle de la luna

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Dos semanas después, un sábado por la noche, Saxon corrió cuando oyó que la puerta rechinaba al abrirse. Billy parecía cansado. Tenía los cabellos húmedos, la nariz hinchada y una mejilla parecía amoratada. Faltaba algo de piel en sus orejas y tenía los ojos inyectados en sangre.

—Que me cuelguen si ese muchacho no me engañó —dijo mientras colocaba sobre la mano de Saxon una pila de monedas de oro y después la sentaba sobre sus rodillas—. Realmente es alguien cuando se agranda. En la séptima lo empecé a apurar y duró hasta la catorce. Entonces le pegué como te había explicado. Lástima que tenga un mentón de vidrio, porque es de imaginación rapidísima y tiene un golpe que me hizo tenerle respeto desde la segunda vuelta, un golpe bonito, corto, de hachador, que nunca había visto antes. Pero ese mentón tan frágil… lo tuvo entre algodones hasta la catorce, cuando logré alcanzarlo… Y te diré que estoy contento de que haya durado catorce rounds. Y aún soy dueño de mi seda. Me di cuenta en seguida porque no tenía resuello y las vueltas fueron rápidas. Mis piernas parecían de hierro. Hubiera podido pelear durante cuarenta vueltas. Como ves nunca afirmo nada, pero desde el castigo que me propinó el «Terror de Chicago» siempre me muestro caviloso.


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