El Valle de la luna
El Valle de la luna —No puedes hacerlo —rió Saxon—, porque se trata de un bien ganancial.
Billy gruñó espasmódicamente, como si el aliento se le hubiese cortado.
—Es un directo en el plexo solar —dijo— que me tumba sobre el suelo para toda la cuenta. Pero, dime, ¿son palabras dulces, no es cierto? ¿Bienes gananciales? —pronunció las palabras con fruición—. Cuando nos casamos mi ambición más alta era un puesto fijo y algunos trapos, además de unos pocos-muebles que terminarÃamos de pagar cuando ya estuvieran semigastados. Si no hubiese sido por ti no habrÃa ningún bien ganancial.
—¡Qué tonterÃa! ¿Qué hubiese podido hacer yo sola? Sabes perfectamente cómo ganaste el dinero con que empezamos aquÃ. Pagaste los jornales de Gow Yum y Chan Chi, los del viejo Hughie y de la señora Paul y… ¿a quién lo debemos todo?
Extendió sus dos manos y le acarició los hombros, y luego le palpó los bÃceps musculosos.
—¡Éstos son los que han hecho todo, Billy!