El Valle de la luna
El Valle de la luna La labor se deslizaba rápidamente en la sala de planchado, pero los tres dÃas que siguieron hasta la noche del miércoles resultaron bastante largos. Ella se impacientaba ante el almidón que desaparecÃa de una manera asombrosamente rápida debajo de la plancha.
—No puedo darme cuenta cómo logras hacerlo —le dijo Mary con admiración—. De cualquier modo esta semana llegarás a los trece o catorce.
Saxon sonrió, y en medio del vapor que salÃa de la plancha vio las letras de oro que danzaban y que le decÃan miércoles.
—¿Qué piensas de Billy? —le preguntó Mary.
—Me gusta —le respondió francamente.
—Bueno, no avances mucho más allá de ese punto.
—Si lo deseo lo haré —le contestó alegremente Saxon.
—Mejor que no lo hagas —le previno—. Lo único que lograrÃas es afligirte. Es de los que no se casan. Ya muchas muchachas lo han descubierto. También se arrojaron de cabeza sobre él.
—Yo no me arrojaré sobre él ni sobre ningún otro.
—Piensa bien en lo que te estoy diciendo, simplemente —terminó Mary—. Es una advertencia, nada más.