Historias de los siglos futuros
Historias de los siglos futuros Edwin, con su rabo de cerdo en la oreja, se había quedado solo con el abuelo, que seguía hablándose a sí mismo. Edwin observaba, divertido, un pequeño grupo de caballos salvajes que había venido a juguetear en la arena de la playa. Había como una veintena, caballitos jóvenes en su mayor parte, y varias yeguas, guiadas por un soberbio semental. La ardiente bestia se erguía frente al mar, en la espuma de la rompiente, con el cuello tenso y la cabeza alerta, brillándole los ojos con resplandor salvaje y olfateando el aire salado.
— ¿Qué es esto? -preguntó el viejo, saliendo por fin de su ensimismamiento.
— Caballos -contestó Edwin-. Es la primera vez que los veo llegar hasta aquí. Los leones de las montañas, que son cada día más numerosos, los empujan hacia el mar.
El Sol estaba a punto de desaparecer detrás del horizonte. En un cielo donde rodaban gruesas nubes, su disco llameante disparaba en abanicó sus rayos rojos. Más allá de las dunas de la orilla pálida y desolada, donde relinchaban los caballos y venían a morir las olas, los leones marinos seguían arrastrándose en las negras rocas marinas, o retozaban entre las olas, emitiendo mugidos de batalla o de amor, el viejo canto de las primeras edades del Mundo.
— Ven, abuelo -dijo Edwin, tirando al viejo del brazo.