La Llamada de la selva
La Llamada de la selva La excesiva atención que prestaban a la grave situación de sus asuntos los hacía insensibles al sufrimiento de sus animales. La teoría de Hal, que él aplicaba a los demás, era que había que endurecerse. Había empezado por predicársela a su hermana y a su cuñado. Como no encontró eco, se la inculcaba a los perros con el garrote. En Five Fingers se acabó la comida para los perros, y una vieja india desdentada les ofreció unos kilos de pellejo de equino congelado a cambio del revólver Colt que Halt llevaba en la cadera junto con el cuchillo de caza. Pobre substituto del alimento eran aquellas tiras de pellejo, conservadas tal como habían sido arrancadas seis meses antes a los caballos muertos de hambre de unos ganaderos. Congeladas, más parecían de hierro galvanizado, y, cuando un perro conseguía con gran esfuerzo metérselas en el estómago, se descongelaban y se convertían en delgadas e insulsas cintas correosas y en una masa de cerdas caballares irritantes e indigestas.