La Llamada de la selva
La Llamada de la selva -Y no faltaban a la verdad -contestó John Thornton-. El fondo está a punto de desmoronarse. Sólo unos necios, con la suerte loca que tie nen a veces, podÃan hacerlo. Le digo la verdad: yo no me jugarÃa el pellejo sobre ese hielo ni por todo el oro de Alaska.
-Será porque usted no es un necio, supongo. De todas formas, nosotros continuaremos hacia Dawson -dijo, y desenrolló el látigo-. ¡Arriba, Buck! ¡Venga! ¡Arriba! ¡Arre!
Thornton prosiguió con su tarea. SabÃa que era inútil interponerse entre un necio y su necedad, y que, por otra parte, dos o tres necios más o menos no cambiaban nada.