La Llamada de la selva
La Llamada de la selva Nadie habló. El farol, si es que lo era, había tenido respuesta. Thornton sintió que una tibia oleada de sangre le asomaba al rostro. La lengua le había jugado una mala pasada. Él no sabía si Buck era capaz de arrancar quinientos kilos de peso. ¡Media tonelada! Aquella enormidad lo consternó. Tenía una gran fe en la fuerza de Buck y muchas veces había pensado que sería capaz de arrancar el trineo con una carga así, pero nunca, como en aquel momento, se había enfrentado a la posibilidad real, con los ojos de una docena de hombres fijos en él, en silenciosa espera. Además, no tenía los mil dólares, ni los tenían Hans y Pete.
-Tengo ahí fuera un trineo cargado con veinte sacos de veinticinco kilos de harina cada uno -prosiguió Matthewson, apremiante-; así que no hay ningún problema.
Thornton no replicó. No sabía qué decir. Paseó la mirada de un rostro a otro, con la expresión ausente de quien ha perdido la capacidad de pensar y busca en alguna parte el elemento que vuelva a ponerla en marcha. El rostro de Jim OTrien, un rico minero y antiguo camarada, atrajo su mirada. Fue como una señal que lo impulsó a hacer algo que jamás habría imaginado que podría hacer.
-¿Puedes dejarme mil dólares? -preguntó, casi en un susurro.