La Llamada de la selva
La Llamada de la selva Desengancharon a los diez perros del tiro y sujetaron a Buck al trineo con su propio arnés. El se había contagiado de la excitación reinante y sentía que, de alguna forma, debía realizar algo grande por John Thornton. Su espléndida apariencia suscitó murmullos de admiración. Se hallaba en perfecto estado, sin un gramo de grasa, y los sesenta kilos que pesaba eran otros tantos de coraje y fortaleza. El pelaje le brillaba con el fulgor de la seda. Sobre el cuello y los hombros, su melena se erizaba, aun si permanecía quieto, y estaba a punto de levantarse con cada movimiento, como si un exceso de vigor dotase de vida y actividad cada uno de sus pelos. El amplio pecho y las poderosas patas delanteras estaban en perfecta proporción con el resto del cuerpo, cuyos músculos resaltaban como firmes pliegues bajo la piel. Cuando unos hombres palparon aquellos músculos y proclamaron su férrea dureza, las apuestas bajaron a dos a uno.
-¡Aquí, señor! ¡Escuche! -tartajeó uno de los más recientes magnates mineros-. Le doy ochocientos por él, señor, antes de la prueba, señor. Ochocientos, tal cual.
Thornton hizo un gesto de negación con la cabeza y se colocó al lado de Buck.
-Tiene que alejarse del perro -protestó Matthewson-. Que actúe por sí mismo y con espacio suficiente.