La Llamada de la selva

La Llamada de la selva

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Los espectadores recobraron el aliento y volvieron a respirar con normalidad sin percatarse de que por un momento habían dejado de hacerlo. Thornton iba corriendo detrás, animando a Buck con palabras de aliento. Se había medido la distancia y, según se aproximaban a la pila de leña que marcaba el fin del recorrido de cien metros, empezó a surgir un creciente murmullo que explotó en un rugido cuando Buck alcanzó la meta y se detuvo a la voz de alto. Todo el mundo, incluido Matthewson, estaba entusiasmado. Volaban por el aire guantes y sombreros. Los presentes se daban la mano, sin importarles con quién, y hablaban a gritos como en una incoherente babel.

Thornton, por su parte, se dejó caer de rodillas junto a Buck. Con las cabezas juntas, el amo mecía la del perro a un lado y a otro. Quienes se acerca ron a ellos le oyeron decir reiteradamente palabrotas a Buck, en un tono que era a la vez ferviente, dulce y amoroso.

-¡Aquí, señor! ¡Escuche! -farfulló el magnate minero de antes-. Le doy mil por él, señor, mil dólares, señor… mil doscientos, señor.

Thornton se puso de pie. Tenía los ojos mojados. Por sus mejillas corrían sin disimulo las lágrimas.

-Señor -le dijo al magnate-, no, señor. Puede irse al demonio, señor. Es lo menos que puedo decirle, señor.


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