La Llamada de la selva

La Llamada de la selva

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Buck no atacó, sino que se movió en círculo rodeándolo en actitud amistosa. El lobo se mostraba desconfiado y temeroso; su cabeza apenas si llegaba a la altura del lomo de Buck, que pesaba tres veces más que él. Atento a la primera ocasión, el lobo escapó como una flecha y la persecución se reanudó. Una y otra vez estuvo acorralado y la escena se repitió, pero estaba físicamente en mala forma, pues de no ser así Buck no habría podido darle alcance tan fácilmente. Él corría hasta tener a su flanco la cabeza de Buck y entonces giraba, acosado, para volver a huir a la menor oportunidad.

Pero, al final, la tenacidad de Buck fue recompensada, porque el lobo, al comprender que aquel animal no intentaba hacerle daño, acabó por acercarle el hocico para que se olfateasen el uno al otro. Después se hicieron amigos y estuvieron jugueteando de la forma nerviosa y un poco tímida con que los animales salvajes encubren su ferocidad. Al cabo de un rato, el lobo se puso a andar con paso ligero revelando que se dirigía a alguna parte. Con su actitud dejó claro que Buck había de acompañarlo. Y los dos marcharon de lado en la penumbra por el lecho del riachuelo, rumbo a la garganta donde nacía la corriente, y cruzaron la divisoria de las aguas.



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