La Llamada de la selva
La Llamada de la selva El dÃa entero estuvo Buck rumiando junto a la charca o recorriendo el campamento sin descanso. ConocÃa la muerte, el cese del movimiento, la su presión y extinción de la vida de los seres vivientes, y Buck supo que Thornton estaba muerto. Aquello le produjo un gran vacÃo, una sensación semejante al hambre, aunque era un vacÃo que dolÃa y dolÃa y que la comida no podÃa paliar. A veces, cuando se detenÃa a contemplar los cadáveres de los yeehat, olvidaba el dolor, y entonces sentÃa un gran orgullo, el mayor orgullo que habÃa sentido jamás. HabÃa matado hombres, la presa de mayor rango, y lo habÃa hecho con la ley del garrote y el colmillo. Olfateó con curiosidad los cadáveres. HabÃan muerto con suma facilidad. Era más difÃcil matar a un husky que a uno de ellos. Si no tuvieran flechas, venablos y garrotes, los hombres no podrÃan considerarse rivales. A partir de ahora no los temerÃa, excepto cuando llevaran en las manos sus flechas, sus venablos y sus garrotes.