La Llamada de la selva

La Llamada de la selva

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Eso bastó para que la manada entera atacase, precipitándose y obstruyéndose el camino en su ansia por derribar a la presa. La rapidez y agilidad pasmosas de Buck le fueron de gran provecho. Girando sobre las patas traseras, dando mordiscos y dentelladas, estaba en todas partes al mismo tiempo, presentando un frente inquebrantable por la rapidez con que giraba y se cubría los flancos. Pero, para evitar que se colocasen detrás, se vio obligado a retroceder más allá de la laguna y por el cauce del riachuelo hasta dar contra un elevado talud de grava. Se fue desplazando gradualmente hasta llegar a un entrante del talud que los mineros habían excavado en ángulo recto, y allí se guareció, protegido por tres lados y teniendo que ocuparse únicamente del frente.

Y tan bien lo hizo que al cabo de media hora los lobos se retiraron, frustrados. Estaban todos con la lengua fuera y los colmillos blancos de luz de luna. Unos yacían en el suelo con la cabeza levantada y las orejas tiesas, otros estaban de pie mirando a Buck; y otros bebían agua en la laguna. Un lobo largo, flaco y gris se adelantó cautelosamente en actitud amistosa, y Buck lo reconoció como el hermano salvaje con el que había corrido durante un día y una noche. Gruñía suavemente, y cuando Buck hizo otro tanto, se frotaron los hocicos.


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