La Llamada de la selva
La Llamada de la selva De vez en cuando llegaban hombres, forasteros que hablaban con adulación y en diversos tonos al hombre del jersey rojo. Y cuando en esas ocasiones algún dinero pasaba de unas manos a otras, el forastero se llevaba consigo uno o más perros. Buck se preguntaba adónde irÃan, porque nunca regresaban; pero el miedo al futuro lo atenazaba, y cada vez se alegraba por no haber sido elegido.
Pero su hora llegó, finalmente, bajo la forma de un hombrecillo arrugado que escupÃa un mal inglés y numerosas exclamaciones desconocidas y burdas que Buck fue incapaz de entender.
-¡Sacredam! -exclamó el hombrecillo al posar la mirada en Buck-. ¡Ése sà ser perro bravo! ¿Cuánto?
Trescientos, y es un regalo -fue la inmediata respuesta del hombre del jersey rojo-. Y siendo dinero del gobierno, no tendrás ningún problema, ¿eh, Perrault?
Perrault sonrió. Considerando que el precio de los perros estaba por las nubes debido a la inusitada demanda, no era una cantidad desproporcionada por un animal tan espléndido. El gobierno canadiense no saldrÃa perdiendo, ni su correspondencia viajarÃa más despacio. Perrault entendÃa de perros, y cuando vio a Buck supo que se trataba de uno en un millar: «Uno entre diez mil», comentó para sus adentros.