La Llamada de la selva
La Llamada de la selva Perrault asintió gravemente. Como correo del gobierno canadiense, portador de importantes despachos, le preocupaba conseguir los mejores perros y estaba especialmente satisfecho de contar con Buck.
Tres huskies más fueron incorporados al tiro en menos de una hora, completando asà un total de nueve, y antes de que hubieran transcurrido otros quince minutos estaban todos sujetos al trineo y avanzaban con buen ritmo hacia el cañón de Dyea. Buck estaba contento de haber salido y descubrió que, aunque la tarea era dura, no le resultaba particularmente desagradable. Le sorprendió el entusiasmo contagioso de todo el equipo, pero más todavÃa le sorprendió el cambio que se habÃa operado en Dave y en Sol-leks. Eran otros perros, completamente transformados por el arnés. La pasividad y la indiferencia los habÃan abandonado. Estaban alerta y activos, ansiosos de que el trabajo fuera bien y terriblemente irritables ante cualquier circunstancia que, por originar demoras o desconcierto, retrasase la marcha. El trabajoso avance era para ellos la suprema realización individual, el exclusivo fin de su existencia y lo único que les proporcionaba placer.
Dave iba enganchado al trineo, detrás tiraba Buck, y luego venÃa Sol-leks; el resto del tiro iba enganchado en fila india, y a la cabeza guiaba Spitz.