La Llamada de la selva
La Llamada de la selva Ese dÃa hicieron setenta kilómetros sobre suelo firme; pero al siguiente, y durante muchos dÃas más, tuvieron que abrirse camino con mayor es fuerzo y tardando mucho más tiempo. Por lo general, Perrault iba delante apretando la nieve con raquetas en los pies para facilitar el desplazamiento del equipo. François, que guiaba el trineo desde la parte delantera, intercambiaba a veces el puesto con su compañero, aunque no siempre. Perrault tenÃa prisa y se jactaba de conocer bien el hielo, una pericia indispensable, porque en otoño el hielo era muy delgado y si habÃa corriente de agua no cuajaba en absoluto.
DÃa tras dÃa, unos dÃas interminables, se afanó Buck en su tarea. Siempre levantaban campamento en la oscuridad, y los primeros grises del amanecer los encontraban dejando su huella en el sendero y con muchas millas ya recorridas a la espalda. Y siempre acampaban después del anochecer, comÃan un poco de pescado y se arrastraban a dormir metidos en la nieve. Buck estaba hambriento. Los setecientos gramos de salmón secado al sol que constituÃan su ración diaria desaparecÃan enseguida. Nunca tenÃa bastante y sufrÃa continuos retortijones. En cambio, los otros perros, que pesaban menos y estaban acostumbrados a aquel régimen, recibÃan sólo quinientos gramos de pescado y conseguÃan mantenerse en buena forma.