La Llamada de la selva
La Llamada de la selva A veces, en su ensoñación, tumbado y pestañeando, tenÃa la impresión de que las llamas eran de otro fuego y de que junto a él veÃa a un individuo distinto del cocinero mestizo que tenÃa delante. Este otro hombre tenÃa las piernas más cortas y los brazos más largos, músculos fibrosos y nudosos en lugar de redondeados y prominentes. El cabello de este hombre era largo y enmarañado y, bajo él, su cráneo retrocedÃa hacia atrás a partir de los ojos. EmitÃa unos sonidos extraños y parecÃa tenerle pavor a la oscuridad, que escudriñaba continuamente aferrando en la mano, suspendida a medio camino entre la rodilla y el pie, un garrote con una pesada piedra en el extremo. Estaba casi desnudo, y una andrajosa piel chamuscada le colgaba de la espalda, pero un vello espeso le cubrÃa el cuerpo. En algunas zonas, como el pecho y los hombros, y por la parte exterior de los brazos y los muslos, el vello estaba tan apelmazado que más parecÃa una piel gruesa. No tenÃa el tronco erguido, sino que desde las caderas se inclinaba hacia adelante sobre unas piernas que se doblaban por las rodillas. HabÃa en aquel cuerpo una agilidad, o elasticidad, casi felina, y tenÃa la actitud alerta de quien vive en constante temor y sobresalto por lo que ve y lo que no ve.