La peste escarlata y El idolo rojo

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Pero Edwin había visto algo; se había detenido, y, llevándose un dedo a los labios, hizo al anciano signo de callarse. Colocó una flecha en la cuerda del arco y avanzó, al amparo de una vieja tubería de agua medio reventada que, al estallar, había desplazado un riel. Bajo la parra silvestre y las plantas trepadoras que la cubrían se veía la gruesa tubería oxidada.

El muchacho, avanzó de aquel modo, llegó junto a un conejo que estaba sentado junto a un matorral y que le miró, titubeante y tembloroso. La distancia era todavía al menos de cincuenta pies. Pero la flecha voló certeramente al blanco, veloz como un rayo, y el conejo, alcanzado, emitió un chillido de dolor. Luego se arrastró chillando hacia el matorral, tratando de ocultarse.

El muchacho, como la flecha, era un rayo, un rayo de piel tostada y de flotante piel de animal. Mientras corría hacia el conejo, su musculatura se tensaba y destensaba como un conjunto de resortes de acero que operaban, poderosos y flexibles, en el interior de sus miembros secos. Asió al animal herido, lo remató golpeándole la cabeza contra un tronco de árbol que quedaba a su alcance, y luego volvió junto al viejo y le entregó la presa para que la llevara.

—Es bueno, el conejo; muy bueno —musitó el vejestorio—. Pero como golosina deliciosa al paladar, prefiero al cangrejo. Cuando era niño...


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