La peste escarlata y El idolo rojo
La peste escarlata y El idolo rojo ¿Era ésta, entonces, su torre oscura?—meditó Bassett, recordando su Browning y contemplando sus manos esqueléticas y devastadas por la fiebre. Y la fantasía lo hizo sonreír: Childe Roland llevándose un cuerno a los labios con un brazo tan debilitado como el de él. ¿Habían pasado meses, o años —se preguntó— desde que oyera por primera vez aquella misteriosa llamada desde la playa de Rigmanu? No podía decirlo con certeza. La larga enfermedad había sido más larga. En la estimación consciente del tiempo, sabía que habían sido meses, muchos; pero no había modo de calcular los intervalos de delirio y estupor. ¿Y cómo le iría al capitán Bateman, del barco esclavista Nari?, se preguntó; ¿y el compañero borracho del capitán Bateman, ya habría muerto de delirium tremens?
Bassett abandonó estas vanas especulaciones para dedicarse inútilmente a recordar todo lo que había ocurrido desde aquel día en la playa de Rigmanu, cuando escuchó el sonido por primera vez, y se internó en la jungla en pos de él. Sagawa había protestado. Aún podía verlo, con su extraña carita simiesca elocuente con el miedo, su espalda cargada con las cajas para especímenes, en las manos la red de cazar mariposas de Bassett y la escopeta de naturalista, mientras trinaba en su inglés Beche de mer1: "Yo hombre demasiado asustado de ir a la maleza. Mal hombre muchacho demasiados detenidos en la maleza."