La peste escarlata y El idolo rojo
La peste escarlata y El idolo rojo Entonces había comenzado la cacería. Retrocedió por la senda de cerdos delante de sus cazadores, que estaban entre él y la playa. No pudo adivinar cuántos eran. Por lo que vio de ellos, tanto podía haber uno como cien. Estaba seguro de que algunos de ellos se habían encaminado a los árboles y habían viajado por la bóveda de la jungla; pero en el mejor de los casos solo había podido ver de reojo algún ocasional movimiento de sombras. No podía oír ninguna cuerda de arco que se tensara a su alrededor, pero a cada rato, sin que él supiera de dónde provenían, pequeñas flechas pasaban susurrando a su lado, o se incrustaban en los troncos de los árboles y caían en el suelo junto a él. Tenían punta de hueso y mango emplumado.