La peste escarlata y El idolo rojo
La peste escarlata y El idolo rojo Una vez —y ahora, después de todo el tiempo trascurrido, rió gozosamente al recordarlo— habÃa detectado una sombra moviéndose por sobre su cabeza, que se aquietó instantáneamente cuando él miró hacia arriba. No pudo distinguir nada, pero, decidiendo arriesgarse, disparó contra ella una nutrida carga de calibre cinco. Chillando como un gato furioso, la sombra se estrelló entre helechos y orquÃdeas, hasta que cayó a sus pies con un golpe seco, y aún chillando de furia y dolor hundió sus dientes humanos en la caña de sus rústicos borceguÃes. El, por su parte, no permaneció ocioso, y con el pie libre habÃa reducido a silencio el chillido. Tanto se habÃa habituado Bassett al salvajismo desde entonces, que volvió a reÃr ante el gozo que le producÃa el recuerdo.