La peste escarlata y El idolo rojo
La peste escarlata y El idolo rojo ¡Qué noche había sido ésa! No era raro que hubiera acumulado tal variedad de fiebres virulentas, pensó, mientras recordaba aquella insomne noche de tormentos, cuando el latido de sus heridas no era nada comparado con la miríada de picaduras de mosquitos. No había habido medio de escapar de ellos, y no se había atrevido a encender una hoguera. Literalmente, habían bombeado en su cuerpo tanto veneno como para colmarlo, de modo que, al llegar el día, con los ojos cerrados por la hinchazón, había seguido avanzando ciegamente, sin preocuparse demasiado de que su cabeza fuera cercenada, y su osamenta siguiera a la de Sagawa en dirección a la hoguera. Veinticuatro horas lo habían trasformado en una ruina, de cuerpo y espíritu. Escasamente se había mantenido cuerdo, tan enloquecido estaba por la tremenda inoculación de veneno que había sufrido. Varias veces había disparado efectivamente su escopeta contra las sombras que lo acechaban. Las picaduras de los insectos diurnos y de los jejenes se añadieron a sus tormentos, en tanto que sus sangrantes heridas atraían bandadas de aborrecibles moscas que se posaban perezosamente sobre su piel, y que él debía espantar y aplastar.