La peste escarlata y El idolo rojo
La peste escarlata y El idolo rojo Pero marcada a fuego en lo más profundo de la mente de Bassett, estaba la jungla, húmeda y fétida. Realmente apestaba a maldad, y siempre estaba en penumbras. Muy de tanto en tanto un rayo de sol penetraba su enmarañado techo de treinta metros de altura. Y bajo ese techo se extendía un aéreo limo de vegetación, un monstruoso y parasitario rezumadero de decadentes formas de vida que arraigaban en la muerte y vivían de la muerte. Y él vagaba entre todo esto, siempre perseguido por las móviles sombras de los antropófagos, espectros del demonio que no se atrevían a enfrentarlo abiertamente pero que sabían que, tarde o temprano, se alimentarían de él. Bassett recordó que en ese momento, en los intervalos de lucidez, se había comparado a un toro herido perseguido por coyotes de la llanura, demasiado cobardes para luchar con él por su carne, pero seguros de su inevitable fin, tras el cual se saciarían. Tal como los cuernos y los poderosos cascos del búfalo mantenían alejados a los coyotes, así su escopeta alejaba a estos nativos de las Islas Salomón, a estas penumbrosas sombras de los bosquimanos de la isla de Guadalcanal.