La peste escarlata y El idolo rojo
La peste escarlata y El idolo rojo Llegó el día de las praderas. Abruptamente, como hendida por la espada de Dios en la mano de Dios, la jungla terminó. El límite, perpendicular y tan negro como su infamia, medía treinta metros de arriba abajo. Y, comenzando en su borde, crecía la hierba: dulce, suave, tierna hierba de pastoreo que hubiera deleitado los ojos y las bestias de cualquier hombre y que se extendía y se extendía durante leguas y leguas de aterciopelado verdor, hasta el espinazo de la gran isla, la encumbrada cordillera que algún antiguo cataclismo de la tierra había elevado, serrada e irregular pero aún indemne bajo las erosivas lluvias tropicales. ¡Pero la hierba! Se había arrastrado unos doce metros sobre ella, había enterrado su rostro en ella, la había olido, y había caído en un acceso de llanto involuntario.
Y, mientras sollozaba, el maravilloso sonido había repicado, como si con repicar, había pensado a menudo desde entonces, pudiera describirse adecuadamente un sonido tan vasto, tan conmovedoramente dulce. Era más dulce que cualquier otro sonido que hubiera escuchado. Era vasto, de una resonancia tan poderosa como si procediera de la broncínea garganta de algún monstruo. Y sin embargo lo llamaba a través de las leguas y leguas de sabana, y era como una bendición para su sufriente espíritu devastado por el dolor.