La peste escarlata y El idolo rojo
La peste escarlata y El idolo rojo Y luego llegó Balatta. Bajo la primera sombra, donde la sabana se rendía a la densa jungla montañosa, él se había desplomado para morir. Al principio ella había chillado de placer ante su impotencia, y estuvo a punto de destrozarle el cráneo con una gruesa rama del bosque. Tal vez fuera su misma impotencia lo que la atrajo, y su curiosidad humana lo que la hizo refrenarse. De todos modos, se refrenó, pues cuando él volvió a abrir los ojos ante el inminente golpe, vio que ella lo estudiaba con atención. Los ojos azules y la blanca piel de él eran lo que le había asombrado en especial. Fríamente, ella se había agachado sobre sus nalgas, había escupido sobre un brazo de él, y con la punta de los dedos había raspado la capa de días y noches de inmundicia y jungla que empañaban la prístina blancura de su piel.