La peste escarlata y El idolo rojo
La peste escarlata y El idolo rojo Y todo lo de ella lo había conmovido especialmente, aunque no había nada de convencional en su aspecto. Se rió débilmente ante el recuerdo, porque ella había sido tan inocente de su apariencia como Eva antes de la aventura de la hoja de parra. Regordeta y esbelta al mismo tiempo, de miembros asimétricos, con músculos tensos como una soga, cubierta de suciedad desde la infancia, salvo por duchas casuales, le pareció, a sus ojos científicos, el prototipo de la mujer más fea que hubiera visto. Sus senos denunciaban al mismo tiempo su juventud y madurez; y su sexo se ponía de manifiesto por medio del único artículo de adorno que llevaba, esto es, una cola de cerdo, que atravesaba el agujero del lóbulo de su oreja izquierda. La cola había sido cortada tan recientemente, que uno de sus extremos, en carne viva, aún goteaba sangre, que se endurecía sobre su hombro como otras tantas gotas del sebo de una vela. ¡Y su rostro! Un retorcido y marchito complejo de rasgos simiescos, perforados por las mongólicas ventanas de la nariz, vueltas hacia arriba, abiertas hacia el cielo, por una boca que se curvaba desde el enorme labio superior y se esfumaba precipitadamente en un mentón retraído, y por unos escrutadores ojos belicosos que parpadeaban como lo hacen los de los habitantes de la jaulas de los monos.