La peste escarlata y El idolo rojo
La peste escarlata y El idolo rojo Ni siquiera el agua que le trajo en una hoja del bosque, ni la vieja y casi putrefacta tajada de cerdo asado, pudieron redimir en lo más mínimo su grotesca fealdad. Después de haber comido débilmente durante un lapso, él cerró los ojos para no verla, aunque una y otra vez, ella lo obligaba a abrir los ojos para poder mirar su color azul. Entonces volvió el sonido. Su efecto sobre ella había sido asombroso. Se encogió ante él, escondiendo el rostro y gimiendo y balbuceando de temor. Pero después de una hora, cuando el sonido dejó de existir, Bassett cerró los ojos y se quedó dormido, mientras Balatta le espantaba las moscas.