La peste escarlata y El idolo rojo

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Cuando despertó era de noche, y ella se había ido. Pero él advirtió que sus fuerzas habían regresado y, como para entonces ya estaba tan completamente inoculado del veneno de los mosquitos como para no sufrir más inflamaciones, cerró los ojos y durmió sin despertarse hasta la salida del sol. Un poco más tarde, Balatta había regresado, trayendo con ella a una media docena de mujeres quienes, a pesar de ser feas, no eran evidentemente tan feas como ella. Con su conducta, Balatta demostró que lo consideraba su propiedad, su descubrimiento, y el orgullo con que lo exhibía habría sido cómico de no estar en una situación tan desesperada. Más tarde, después de lo que para él había sido un terrible viaje de muchas millas, cuando se desplomó frente a la casa del diablo-diablo a la sombra del árbol del pan, ella había demostrado tener ideas muy vitales acerca de cómo retener su posesión de él. Ngurn, a quien Bassett conocería después como al doctor, o sacerdote o médico diablo-diablo de la aldea, había querido su cabeza. Otros de los hombres que parloteaban y hacían muecas, todos desprovistos de ropas y de aspecto tan bestial como Balatta, habían querido su cuerpo para asarlo en el horno. En ese momento él no había entendido su lengua, si con la palabra lengua pueden ser dignificados los toscos sonidos que emitían para representar ideas. Pero Bassett había comprendido completamente el tema del debate, en especial cuando los hombres apretaron y pellizcaron y palparon su carne, como si fuera un trozo en venta en el mostrador del carnicero.


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