La peste escarlata y El idolo rojo
La peste escarlata y El idolo rojo Su mirada parecÃa saltar incesantemente hacia todos los objetos circundantes, y las aletas de su nariz palpitaban y se dilataban en un perpetuo acecho del mundo exterior, del que recogÃa ávidamente todos los mensajes. Su oÃdo parecÃa igualmente fino, y estaba tan adiestrado que operaba automáticamente, sin ningún esfuerzo auditivo especial. Con toda naturalidad, sin la menor tensión adicional, su oÃdo percibÃa, en la aparente calma reinante, los más leves sonidos, los distinguÃa unos de otros y los clasificaba: el roce del viento en las hojas, el zumbido de una abeja o una mosca, el rumor sordo y lejano del mar, que llegaba atenuado en un débil murmullo, la imperceptible resaca de las patas de un pequeño roedor limpiando de tierra la entrada de su guarida.
De pronto, el cuerpo del muchacho se tensó en posición de alerta. El sonido, la visión, y el olor los habÃan advertido simultáneamente. Tendió la mano hacia el viejo, lo toco, y ambos permanecieron inmóviles y silenciosos.
Algo habÃa crujido delante de ellos, en la pendiente del terraplén, hacia la cima. Y la veloz mirada del muchacho se clavó en los matorrales cuya parte superior se movÃa.
Entonces, un gran oso pardo se les mostró, saliendo ruidosamente, y también él se detuvo instantáneamente, al ver a los dos humanos.
