La peste escarlata y El idolo rojo
La peste escarlata y El idolo rojo —Cada dÃa hay más. ¡Quién hubiera pensado que vivirÃa lo bastante para ver unos tiempos en que se corre peligro de muerte por el mero hecho de circular por el territorio del balneario del Cliff-House! En la época de la que te hablo, Edwin, cuando yo era niño, acudÃan aquÃ, en verano, a decenas de miles, hombres, mujeres, niños y niñas. Y entonces no habÃa osos por aquÃ, puedes estar seguro. O, al menos, eran tan escasos que se los metÃa en una jaula y se pagaba dinero para verlos.
—¿Dinero, abuelo? ¿Y qué es?
Antes de que el viejo contestara, Edwin se dio un golpe en la frente: se habÃa acordado. Se metió la mano en una especie de bolsillo interno en la piel de oso, y sacó de él, triunfante, un dólar de plata, abollado y deslustrado.
Los ojos del anciano se iluminaron cuando se inclinó sobre la moneda.
—Mi vista es mala —murmuró—. Mira tú, Edwin, si puedes descifrar la fecha que tiene.
El niño se echó a reÃr y exclamó, divertidÃsimo:
—¡Eres increÃble, abuelo! ¡Sigues tratando de hacerme creer que esos pequeños signos que hay ahà quieren decir algo!
El viejo gimió profundamente, y acercó el pequeño disco a dos o tres pulgadas de sus ojos.
—¡Dos mil doce! —exclamó, finalmente. Luego se lanzó a un parloteo chistoso.