Las Muertes concentricas

Las Muertes concentricas

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Charlamos mucho en su laboratorio esa última mañana; y cuando volví para irme, puso su mano invisible en la mía y la estrechó nerviosamente. Dijo: —¡Ahora conquistaré el mundo! Y no me atreví a decirle que Paul Tichlorne había obtenido un éxito análogo. En casa encontré una nota de Paul en la que me pedía que fuera inmediatamente, y ya era pasado el medio día cuando llegué a su calzada privada en mi vehículo. Paul me llamó desde su cancha de tenis, y yo bajé y me dirigí a su lado. Pero el campo estaba vacío. Cuando estaba parado allí, con la boca abierta, una pelota de tenis me golpeó el brazo. Cuando me di vuelta, otra pelota de tenis pasó zumbando junto a mi oreja. Aunque no pude ver a mi atacante, las pelotas me llegaron desde el espacio, y debo advertir que realmente fui acribillado por ellas. Pero cuando las pelotas que ya me habían golpeado empezaron a volver, comprendí la situación. Asiendo una raqueta y manteniendo los ojos abiertos vi un relámpago de luces irisadas que aparecía y desaparecía, volando sobre la tierra. Me lancé tras él y cuando le hube asestado una media docena de sólidos golpes con la raqueta, escuché resonar en mis oídos la voz de Paul:

—¡Suficiente! ¡Suficiente! ¡Oh! ¡Ouch! ¡Ouch! ¡Basta! ¡Me estás golpeando en la piel desnuda, sabes! ¡Au! ¡Me voy a portar bien! ¡Me voy a portar bien! Sólo quería mostrarte mi metamorfosis —dijo lastimeramente, y me lo imaginé frotándose las heridas.


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