Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas El hombre, que tenía al otro niño, tocó el brazo de Raoul y le señaló algo. Miró y vio la iglesia mormona, corriendo a toda velocidad, como si estuviera borracha, a unos treinta metros de distancia. Había sido arrancada de sus cimientos, y el viento y el mar la levantaban y la empujaban hacia la laguna. Una espantosa pared de agua la acometió, la volteó y luego la lanzó contra media docena de cocoteros. Los racimos de fruta humana cayeron como cocos maduros. La ola, al retirarse, los mostró en el suelo, algunos inmóviles, otros retorciéndose contorsionados. Extrañamente, le recordaron a las hormigas. No estaba conmovido, sino más allá del horror. Observó como una cosa natural a la ola siguiente, que barrió la arena hasta dejarla limpia de despojos humanos. Una tercera ola, más colosal que cualquiera de las que hubiera visto, lanzó la iglesia a la laguna, donde flotó en la oscuridad a sotavento, semisumergida, recordándole exactamente al arca de Noé.