Las Muertes concentricas

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Era un duro aprendizaje. No era fácil estudiar geografía a través de extraños dialectos, de mentes oscuras que mezclaban hechos y fábulas y que medían las distancias por sueños que variaban según las dificultades del viaje. Pero al fin vino el rumor que animó a Subiénkov. En el este corría un gran río donde estaban los hombres de ojos azules. El río se llamaba Yukón. Al sur del Reducto Michaelovski, desembocaba otro gran río que los rusos llamaban el Kwikpak. Esos dos ríos eran uno, decía el rumor. Subiénkov regresó a Michaelovski. Durante un año aconsejó una expedición que remontara el Kwikpak. Surgió entonces Malakoff, el ruso mestizo, encabezando la más desenfrenada y feroz resaca de aventureros que hayan venido de Kamchatka. Subiénkov fue su teniente. Atravesaron los laberintos del gran delta del Kwikpak, arribaron a las primeras alturas de la ribera norte, y durante quinientas millas, en canoas de cuero cargadas hasta la borda con mercancías y municiones, se abrieron camino contra la correntada de un río de dos a diez millas de anchura en un canal de muchas brazas de profundidad. Malakoff decidió construir el fuerte en Nulato. Subiénkov se empeñaba en ir más lejos. Pero pronto se reconcilió con Nulato. Se acercaba el largo invierno. Sería mejor esperar. Al comenzar el próximo verano, cuando viniera el deshielo, desaparecería remontando el Kwikpak y se abriría camino hasta los puestos de la Hudson’s Bay Company. Malakoff ignoraba que el Kwikpak era el Yukón, y Subiénkov no se lo dijo.


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