Las Muertes concentricas

Las Muertes concentricas

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—Está bien. —Subiénkov miró a su alrededor al círculo de caras salvajes que de algún modo simbolizaban el muro de barbarie que lo había cercado desde que la policía del Zar lo arrestó en Varsovia.

—Empuña el hacha, Makamuk. Me acostaré en el suelo. Cuando levante la mano, golpea, golpea con todas tus fuerzas. Y cuida de que nadie esté detrás. El remedio es fuerte, y el hacha puede rebotar de mi cuello y escapársete de las manos.

Miró los dos trineos, con los perros ensillados, cargados con pieles y pescado. Su rifle encima de las pieles de castor. Los seis cazadores a sus órdenes junto a los trineos.

—¿Dónde está la muchacha? —preguntó—. Que la traigan a los trineos antes de empezar la prueba.

Cuando esto se hizo, Subiénkov se acostó en la nieve, descansando la cabeza en el tronco, como un niño cansado que va a dormirse. Había llevado una vida tan triste que, en verdad, estaba cansado.

—Me río de ti y de tu fuerza, oh Makamuk —dijo—. Golpea y golpea bien.

Alzó la mano. Makamuk blandió el hacha, una gran hacha para encuadrar troncos. El acero brillante relampagueó en el aire helado, se detuvo un instante perceptible sobre la cabeza de Makamuk, y cayó sobre el desnudo cuello de Subiénkov. Atravesó la carne y el hueso y penetró hondamente en el tronco.


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