Las Muertes concentricas

Las Muertes concentricas

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—¿Pero si el remedio no es bueno? —Makamuk preguntó.

Subiénkov se volvió airadamente.

—Mi remedio siempre es bueno. Pero si no lo es, haz conmigo lo que has hecho con los otros. Despedázame, como a él lo despedazaste. —Señaló al cosaco—. El remedio ya se ha enfriado. Así lo unto en mi cuello, repitiendo estas otras palabras.

Entonó un verso de La Marsellesa, muy gravemente, refregándose el cuello con el cocimiento.

Un clamor interrumpió su representación. El cosaco, en un último estertor de su tremenda vitalidad, se puso de rodillas. Risas y gritos de asombro dieron los nulatos aplaudiendo, mientras el cuerpo de Big Ivan con terribles espasmos se revolcaba en la nieve.

El espectáculo provocó náuseas en Subiénkov, pero se dominó y fingió enojo.

—Esto no puede ser —dijo—. Acaben con él y haremos la prueba. Yakaga, encárgate de que este barullo termine.

Mientras eso se hacía, Subiénkov se volvió a Makamuk.

—Recuerda, tienes que pegar con toda tu fuerza. No es un juego de niños. Vamos, toma el hacha y golpea el tronco, para que yo vea si la manejas como un hombre.

Makamuk obedeció, dando dos hachazos con vigor y precisión, haciendo saltar una gran astilla.


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