Las Muertes concentricas

Las Muertes concentricas

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—Ah, falta otra cosa, un dedo humano. Ven, Yakaga, déjame cortarte el dedo.

Pero Yakaga puso las manos atrás y se enfurruñó.

—Sólo el dedo chico —rogó Subiénkov.

—Yakaga, dale el dedo —ordenó Makamuk.

—Debe haber un montón de dedos por ahí —rezongó Yakaga, señalando en la nieve los despojos de los torturados a muerte.

—Debe ser el dedo de una persona viva —objetó el polaco.

Yakaga se dirigió al cosaco y le cercenó un dedo.

—Todavía vive —anunció, arrojando el sangriento trofeo en la nieve—. Además es un dedo bueno, porque es grande.

Subiénkov lo echó al fuego bajo la olla y empezó a cantar. Era una canción francesa, de amor, y la cantó con gran solemnidad sobre el cocimiento.

—Sin estas palabras que he pronunciado, el remedio es inútil —explicó—. Las palabras le dan su mayor fuerza. Miren, está listo.

—Repite despacio las palabras, para aprenderlas —ordenó Makamuk.

—Sólo después de la prueba. Cuando el filo haya rebotado tres veces, te diré las palabras.


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