Las Muertes concentricas

Las Muertes concentricas

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La rapacidad del polaco había convencido a Makamuk del valor del remedio. Sólo el gran poder del remedio podía inducir a un hombre a las puertas de la muerte a regatear como una vieja.

—Además —murmuró Yakaga, cuando el polaco, con sus guardias, desapareció tras los abetos—, cuando conozcas el remedio, lo podrás matar fácilmente.

—¿Pero cómo? —argumentó Makamuk—. Su remedio lo impedirá.

—Habrá algún lugar en que no se haya puesto el remedio —replicó Yakaga—. Por ahí acabaremos con él. Quizá las orejas; le meteremos una lanza por un oído y se la sacaremos por el otro. Quizá, los ojos. Sin duda el remedio es demasiado fuerte para los ojos.

El jefe asintió.

—Eres sabio, Yakaga. Si no le quedan otras brujerías lo destruiremos.

Subiénkov no perdió el tiempo en buscar los ingredientes. Escogió lo que se le vino en mano; agujas de abeto, la corteza interior de un sauce, una tira de corteza de abedul, y una cantidad de bayas musgosas que hizo arrancar bajo la nieve. Unas raíces heladas completaron el surtido, y encabezó el regreso al campamento.

Makamuk y Yakaga se agazaparon junto a él, observando las cantidades y clase de ingredientes que volcaba en la olla de agua hirviendo.

—Hay que poner las bayas primero —explicó.


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