Las Muertes concentricas

Las Muertes concentricas

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—Apúrate —urgió—. Si no te apuras, pediré más aún.

En el silencio que siguió, el desolado paisaje nórdico se borró ante sus ojos, y volvió a ver su patria, y Francia, y al mirar a la muchacha del colmillo de lobo, recordó otra muchacha bailarina y cantante, que había conocido en su juventud, al llegar a París.

—¿Para qué quieres a la muchacha? —preguntó Makamuk.

—Para que venga río abajo conmigo. —Subiénkov la miró con aire crítico—. Será una buena esposa, y es un honor digno de mi remedio casarme con tu sangre.

Recordó a la muchacha de París y tarareó una canción que ella le había enseñado. Revivía la antigua vida, pero de un modo diferente e impersonal, mirando las imágenes recordadas de su propia vida como si fueran ajenas. La voz del jefe, rompiendo bruscamente el silencio, lo sobresaltó.

—Así se hará —dijo Makamuk—. La muchacha irá contigo río abajo. Pero queda entendido que yo mismo daré los tres golpes con el hacha.

—Pero a cada golpe me pondré el remedio —respondió Subiénkov con mal reprimida ansiedad.

—Te pondrás el remedio entre cada golpe. Aquí están los cazadores que no te dejarán escapar. Ve al bosque a recoger los ingredientes.


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