Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas —Puedes mandar veinte cazadores conmigo —prosiguió Subiénkov—. Tengo que buscar las bayas y las raÃces para hacer el remedio. Luego, cuando hayas traÃdo los dos trineos y estén cargados con las pieles y el pescado y el rifle, y cuando hayas elegido los seis cazadores que irán conmigo, me untaré el cuello con el remedio, asÃ, y pondré el cuello en aquel tronco. Entonces el cazador más fuerte puede empuñar el hacha y pegarme tres veces en el cuello. Tú mismo puedes dar los tres golpes.
Makamuk escuchaba, atónito, esta última hechicerÃa de los ladrones de pieles.
—Pero ante todo —agregó el polaco con apresuramiento—, entre cada golpe tengo que untar más remedio. El hacha es pesada y filosa, y no quiero errores.
—Tendrás cuanto has pedido —gritó Makamuk en un afán de aceptación—. Empieza a preparar el remedio.
Subiénkov disimuló su júbilo. Jugaba una partida desesperada y no podÃa permitir un error. Habló con arrogancia.
—Has estado lerdo. Ofendes mi remedio. Para lavar la ofensa debes darme tu hija.
Señaló a la muchacha, una criatura enclenque, con un ojo defectuoso y un colmillo de lobo. Makamuk se enojó, pero el polaco seguÃa imperturbable, liando y encendiendo otro cigarrillo.