Las Muertes concentricas

Las Muertes concentricas

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—Fue un hombre fortísimo el que dio el golpe. (Subiénkov reflexionaba.) Más fuerte que tú, más fuerte que el más fuerte de tus cazadores, más fuerte que él.

Y otra vez, con la punta del mocasín, tocó al cosaco, a cuyo destrozado cuerpo aún se aferraba la dolorosa vida.

—Y el remedio era flojo. Porque en aquel lugar no había las bayas necesarias, que aquí abundan. El remedio aquí será más fuerte.

—Te dejaré ir río abajo —dijo Makamuk— y te daré el trineo y los perros y los seis cazadores de escolta.

—Eres lerdo —fue la fría respuesta—. Al no aceptar mis términos en el acto, has ofendido mi remedio. Ten cuidado, ahora pido más. Quiero cien pieles de castor. (Makamuk hizo una mueca.) Quiero cien libras de pescado seco. (Makamuk asintió, pues el pescado era barato y abundante.) Quiero dos trineos, uno para mí y otro para mis pieles y el pescado. Y que me devuelvan mi rifle. Si no aceptas, el precio aumentará.

Yakaga habló en voz baja al jefe.

—¿Pero cómo sabré que tu remedio sirve? —preguntó Makamuk.

—Es muy fácil. Primero iré a los bosques…

Volvió Yakaga a hablar a Makamuk, que disintió sospechoso.


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