Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas —Estos son cuentos —dijo Makamuk—. No hay tal remedio. No puede ser. Una hoja afilada es más fuerte que cualquier remedio.
El jefe era incrédulo y sin embargo vacilaba. HabÃa visto muchas hechicerÃas de los ladrones de pieles. No llegaba a dudar por completo.
—Te daré la vida; pero no serás esclavo —dijo.
—Más que eso.
Subiénkov procedÃa frÃamente, como si discutiera el precio de un cuero.
—Es un gran remedio. Me ha salvado la vida varias veces. Quiero un trineo y perros, y seis cazadores para acompañarme rÃo abajo y custodiarme hasta que aviste el Reducto Michaelovski.
—Te quedarás aquà y nos enseñarás todas tus hechicerÃas —fue la respuesta.
Subiénkov, silencioso, se encogió de hombros.
Echó al aire helado el humo del cigarrillo, y miró con curiosidad lo que quedaba del enorme cosaco.
—¡Esa cicatriz! —exclamó Makamuk, señalando el cuello del polaco, donde una cuchillada en una disputa en Kamchatka habÃa dejado una huella lÃvida—. El filo fue más fuerte que el remedio.