Las Muertes concentricas

Las Muertes concentricas

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Miró esa cosa doliente que fue una vez Big Ivan, y la apartó desdeñosamente con el pie.

—Sé demasiado para morir. He aquí, tengo un gran remedio. Sólo yo lo conozco. Como no he de morir, compartiré contigo el remedio.

—¿Qué remedio es ése? —preguntó Makamuk.

—Es un remedio raro.

Subiénkov se quedó reflexionando un momento, como si le costara revelar el secreto.

—Te diré. Si se frota la piel con este remedio, ésta se pone dura como la piedra, dura como el hierro, y ningún arma puede herirla. El golpe más fuerte de una hoja cortante es inútil. Un cuchillo de hueso es como un pedazo de barro; y mellará el filo de los cuchillos de acero que les hemos traído. ¿Qué me darás por el secreto de este remedio?

—Te daré la vida —contestó Makamuk, por medio del intérprete.

Subiénkov rió desdeñoso.

—Y serás esclavo de mi casa mientras vivas.

El polaco rió con mayor desdén.

—Desátame las manos y los pies y hablaremos —dijo.

El jefe dio la señal. Subiénkov, en cuanto lo desligaron, lió un cigarrillo y lo encendió.


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