Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas El fuerte se concluyó y llegó la época de las pieles. Se impuso a la tribu un fuerte tributo. Continuaron los golpes y los latigazos, y para que el tributo se pagara, se tomaron en rehenes las mujeres y los niños que fueron tratados con la barbarie y la ferocidad que sólo conocen los ladrones de pieles. Bueno, fue una siembra de sangre, y ahora venía la cosecha. El fuerte había desaparecido. A la luz de su incendio, la mitad de los ladrones de pieles cayeron. La otra mitad murió en las torturas. Sólo quedaba Subiénkov, o Subiénkov y Big Ivan, si esa plañidera cosa gimiente sobre la nieve podía llamarse Big Ivan. Subiénkov pilló a Yakaga burlándose de él. No había cómo burlarse de Yakaga. Aún tenía en la cara la marca del látigo. Subiénkov no podía reprochárselo pero le desagradaba pensar en lo que Yakaga le haría. Pensó apelar a Makamuk, el jefe principal; pero su razón le decía que ese llamado era inútil. También pensó en romper sus ligaduras y morir peleando. Sería un final más rápido. Pero no podía romper sus ligaduras. Las correas de caribú eran más fuertes que él. Siempre cavilando, se le ocurrió otra cosa. Dijo por señas a Makamuk, que le trajeran un intérprete que sabía el dialecto de la costa.
—Oh, Makamuk —dijo—, no quiero morir. Soy un gran hombre, y sería una locura que yo muriera. En verdad, no moriré. No soy como esta carroña.