Los mejores cuentos de Jack London

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El muchacho, que andaba delante moderando el ímpetu de sus músculos para ajustar su paso al del anciano, vestía también una prenda consistente en un trozo deshilachado de piel de oso con un agujero en el centro por el que había pasado la cabeza. No aparentaba más de doce años. Sobre la oreja llevaba con mucha coquetería un rabo de cerdo recién cortado. En una mano sostenía un arco no muy grande y una flecha, de las que traía una aljaba llena colgando a la espalda. Llevaba una correa alrededor del cuello, y colgando de ella una vaina por la que asomaba el mango abollado de un cuchillo de caza. Su piel era del color de la baya y caminaba lentamente con movimientos felinos. Contrastaban notablemente con su cutis atezado sus ojos azules, de un azul profundo pero agudos y penetrantes como puñales y que parecían explorar todo cuanto les rodeaba. Mientras andaba olfateaba las cosas llevando así al cerebro, a través de la nariz dilatada y palpitante, una serie infinita de señales del mundo exterior. El oído estaba también tan adiestrado, que actuaba automáticamente. Sin esfuerzo consciente, en medio de la aparente quietud, percibía los sonidos más sutiles, y no solo los percibía, sino que los distinguía y clasificaba: lo mismo el rozar del viento al deslizarse entre las hojas, que los zumbidos de abejas y mosquitos; el rumor lejano del mar, que llegaba hasta él como un murmullo, y el gruñido del gopher oculto bajo sus pies y cuya madriguera se adivinaba únicamente por un montículo de tierra junto a la entrada.


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